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Entre el desierto y el silencio: “El Chaparrito”, el panteón de los angelitos en Guerrero Negro

A unos 3 kilómetros al norte de Guerrero Negro, rumbo al antiguo puerto de El Chaparrito, se localiza un sitio que conmueve por su silencio y simbolismo: un pequeño cementerio donde sólo descansan niños. Rodeado por el desierto y el viento salitroso del Pacífico, este lugar es conocido entre los pobladores como el panteón de los angelitos.
Cruces de madera desgastadas por el tiempo, muchas de ellas con más de 70 años de antigüedad, emergen a ras de tierra. No hay bardas, capillas ni floreros. Aun así, casi todas las tumbas conservan un gesto profundamente humano: un pequeño juguete colocado al pie de la cruz, ositos de peluche, carritos, papalotes o cubos, como símbolo de una infancia interrumpida.
Durante décadas, el sitio estuvo rodeado de leyendas que hablaban de epidemias o muertes masivas. Sin embargo, testimonios de antiguos pobladores e investigaciones históricas señalan que este camposanto corresponde a los primeros asentamientos humanos de la zona, previos a la fundación formal de Guerrero Negro, antes de 1940.
Familias pobres llegaron a este punto inhóspito por tierra desde el norte de la península o por mar desde el sur del Pacífico. Se dedicaban a la pesca de caguama y tiburón, cuya carne y aletas salaban y secaban al sol para venderlas a comerciantes que transitaban el antiguo Camino Nacional. El aislamiento, la falta de servicios médicos, alimentos y medicinas provocaron una alta mortalidad infantil, dando origen a este singular panteón.
En aquellos años, los salitrales eran explotados por compañías extranjeras que incluso prohibieron los entierros de adultos en el lugar, obligando a las familias a trasladar a sus difuntos hasta el entonces pueblo minero de El Arco, a casi un día de camino. Los niños, en cambio, fueron sepultados ahí, marcando para siempre la historia del sitio.
Se estima que existen alrededor de 70 tumbas, muchas sin nombre ni fecha. No hay registros oficiales de la mayoría de estos fallecimientos; sus nombres no quedaron asentados en actas ni libros, sobreviviendo únicamente en la memoria oral de la región. Eran hijos de migrantes provenientes de Punta Prieta, Calmallí, El Arco, Santa Rosalía, San Ignacio y otras rancherías del antiguo Territorio Sur de Baja California.
En años recientes, tras ser delimitado y señalizado por el actual gobierno municipal, el panteón de El Chaparrito ha comenzado a recibir cada vez más visitantes, convirtiéndose en un concurrido atractivo para quienes practican el llamado “turismo negro”, interesados en sitios marcados por la tragedia, la memoria y el misterio.
Vecinos de Guerrero Negro aseguran que, en algunas noches, se escuchan risas o se observan sombras de niños jugando o paseando en triciclos cerca del lugar. Más allá del misterio, estos relatos mantienen viva la idea de que los niños de “Las Cruces” siguen presentes, pidiendo no ser olvidados.
Hoy, el viento y la arena amenazan con borrar las últimas huellas físicas del panteón. Sin embargo, mientras su historia sea contada, El Chaparrito permanecerá como un recordatorio silencioso de una de las etapas más duras y olvidadas del norte de Baja California Sur: un pueblo sin nombre, tres décadas de infancia perdida y una memoria que resiste al desierto.

NBCS Noticias

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